Manuscrito
Ante la dificultad de elaborar este año nuevos artículos, decidimos hace unos meses sondear el mercado literario para publicar por entregas en nuestra web la novela sobre el mundo del vino que más nos gustara entre las que nos quisieran hacer llegar nuestros lectores. No ha sido difícil recoger unas cuantas que tienen calidad y conocimiento del asunto, ya que los editores todos se han declarado en huelga de lectura desde hace unos años. Desde luego esperábamos muchas cosas del corte acostumbrado: hedonismo, más hedonismo, y un poco más de hedonismo aún, pero no una novela negra entre las que recibiéramos. Nos ha sorprendido porque es directa, dura, pero tierna y reflexiva: y porque plantea una serie de realidades que nos afectan cada día y que cualquiera que tuviera el poder suficiente podría llevar a cabo.
Antes de comenzar, debemos avisaros de que es una novela negra: siempre hay un solo narrador, siempre expresa sus pensamientos más ocultos, y entre éstos pueden aparecer trazas de algunas actitudes que no están nada de moda ahora. El protagonista, Marcos Moral, piensa y escribe a la vez, y no se guarda ni reprime ninguna de sus ideas.
El autor no plantea problema alguno en que se usen partes de su texto libremente, siempre y cuando se cite la fuente y se consulte la autoría, ya que ésta está registrada.
Sugerencias:
Vino para leer el texto: Carinyena de la DO Montsant.
Música: Eric Clapton & BB King, Hold On, I'M Coming. CD Riding with the king, Reprise Records.
(Para poder leer y escuchar el clip al mismo tiempo, utilizad el botón derecho, opción abrir enlace en una pèstaña nueva.)
http://www.youtube.com/watch?v=_6fljxCXuh0
Esperamos que comentéis qué os ha parecido: para que podáis hacerlo, a continuación tenéis el primer capítulo.
Vino Fantasma
Marcos Moral
La mentira es algo que se esconde
para no tener que existir
Santiago Auserón
1
Embelesada, la gente no paraba de hacer preguntas al escritor, cuyo tostón tenía que aguantar por haber sido invitado en representación del cuerpo. Parece que el individuo había necesitado cierta información o colaboración del comisario y, claro está, le había invitado a él, no a mí. Ya me han oído, a él, no a mí, nunca a mí. Pero donde hay patrón no manda marinero, y no pude escurrir el bulto antes que los demás. Que si era el último inspector a quien se lo podía pedir, que si cuente con tres días de permiso, que si hágame el favor que yo no puedo, que si cae justo en el aniversario de mi hija Milagros, que si llueve, que si me iba a tirar sólo un pedo y me ha salido mierda. Sólo eso; un montón de patrañas para endosarme a mí la milonga ésta. Y encima en la mesa presidencial, porque claro está, su señoría el comisario tenía que dárselas de personaje importante donde los haya, delante de ese pelagatos de tres al cuarto a quien, como a todos los escritores que conozco, no le llega la pasta ni a día 12 de cada mes. Esta cena le venía al pelo, vamos; se iba comido para dos días lo menos. Había rebañado tanto el plato, tanto, que el camarero le había servido ya cuatro panecillos. Pobre hombre, se le veía imbuido de su obra: o bien realmente no servía para nada más que para arrastrarse como una serpiente por la vida, reptando y pillando con su lengua bífida y sibilina las migajas, según pasaba.
A mi lado una grulla, empingorotada desde el tacón hasta el perifollo que se había mercado por adorno justo encima de la coronilla, comenzó a evitarme para poder ver y escuchar al homenajeado. Decidí echarme hacia atrás en mi silla y dejar vía libre, parecía tan interesada que de lo contrario el próximo paso quizá fuera clavarme un tenedor, a saber dónde. Hubiera dado algo por una llamada telefónica de urgencia; de hecho me faltaba poco para simularla, un caso urgente que me compete directamente a mí, de verdad lo siento porque se trata de una velada interesantísima, y la compañía, inmejorable… Comenzaba a ser urgente una solución, por supuesto antes de enseñar la campanilla al respetable, desprevenido siempre ante el primer bostezo irreprimible: porque el primero, inevitablemente, te pilla con las bragas en los tobillos.
Lo único bueno de la noche, una mujer que habían cometido el error de no sentar a mi lado, o en mi radio de acción. Me alcanzaba la vista para ver su melena castaña, pero no los ojos verdes que había descubierto de golpe, en pleno marasmo en el aperitivo, aburrido y a la vez contento de no conocer a nadie en absoluto; así escapaba, con seguridad, de una especie de epidemia, una verborrea incontenible de la que parecían haberse contagiado todos. Tenía ese cuerpo menudo y manejable tan agradable de trastear arriba y abajo, a lo sumo cincuenta kilitos a dominar desde las caderas. Siempre estoy pensando en lo mismo, dirán ustedes. Pues ya que las mujeres dicen que los hombres pensamos en sexo cada quince minutos a lo sumo, y ya que nunca van a dejar de decirlo, al menos que sea cierto. Además, yo no pienso, sino que las mujeres que veo me lo sugieren. Son cosas muy diferentes, de hecho no tienen nada que ver: y aunque las mujeres que lean esto quizá no entiendan lo que digo, los hombres lo captarán justo desde debajo del ombligo.
Por supuesto, sondeé el terreno, puede que por puro aburrimiento, o posiblemente por la curiosidad innata que tenemos algunos hombres acostumbrados a encarar estas cosas con naturalidad, de cara, y sobre todo sin miedo al no por respuesta, qué coño.
- Ese vestido es precioso. De verdad.
Sonrió, mirándome por un microsegundo a los ojos. Tímida; las que más me gustan, porque cuando se sueltan son la hostia.
- Gracias.
- ¿Gracias? ¿Y ya está? Me aburro como una ostra. Esto es un coñazo, la verdad. ¿Tú has venido porque te gusta o te han cazado, como a mí?
- ¿A usted le han cazado? ¿quién?
- Por favor, de tú. Me salen diez canas cada vez que alguien como tú no me tutea. Me ha cazado mi jefe, que obviamente no quería venir. Es lo que se suele llamar endosarle a uno el muerto.
A ver ustedes qué habrían hecho; en lugar de pasar el rato hablando con esa mujer, sin intención previa ninguna, seguro que preferirían soportar el rollo soporífero del resto de pedantes que cacareaban unos con otros en la sala, hablando de tal edición, de tal libro, de tal película o del guión de fulanito para no sé qué última mierda. Me daba la impresión de que habían leído a lo sumo las reseñas de prensa de todo aquello, para poder venir y opinar. De lo contrario tenían que pasarse el día entero con los codos hincados en la mesa para poder hablar de todo eso, allí, dando por culo esa noche a los demás, esos pobres mortales a los que nos gusta recogernos en casa tranquilitos, más o menos, al acabar nuestra jornada de trabajo.
- En mi tierra le llamamos encolomar.
- ¡Ah! ¿Y eso dónde es?
- Barcelona.
- No hace mucho estuve allí para un asunto horrible que tuve entre manos. Una ciudad preciosa.
- Ahora se la han cargado, ya no es lo mismo.
- ¿Por qué?
- Turismo. Hay todo el año, está el centro tomado por los guiris y los que vivimos allí no hay hora ninguna a la que podamos acudir. Antes Barcelona era una ciudad señora, que disfrutaban los barceloneses, y ahora se ha convertido en una fábrica de hacer dinero a base de enseñar edificios de Gaudí, el barrio gótico, el Paseo de Gracia y las Ramblas. Ya no se vive bien allí. En todas las esquinas está la obscenidad de hacer dinero con todo; da un poco de asco, la verdad.
- Pues sí que lo siento. La verdad, yo no lo percibí. Pero estuve muy poco la última vez.
- ¿Y tú eres de por aquí?
Olé. Tuteo y sonrisa, coqueteo con la mano apartándose el pelo de la cara para que la viera mejor, ofreciéndome una panorámica completa, confiada y segura de sí misma. Lo sé porque entre los labios me enseñaba unos dientes menudos y blancos, tanto que daban ganas de darle un mordisco directamente en los morros; y ella lo sabía perfectamente. Saqué una tarjeta del bolsillo mientras decía.
- Sí, siempre he vivido en Valladolid, en el centro.
- ¡Policía!
- Sí, tiene que haber de todo.
- No, no, es que siempre me los he imaginado de otra manera.
Casi se reía, sorprendida. No te jode…
- ¿Ah sí? ¿Y cómo?
- Pues no como tú.
- Claro, claro. Eso no es muy concreto…
- No, que quiero decir que en Cataluña, a los policías de Valladolid uno se los imagina distintos.
- Ya. La boina, y todo eso, ¿no?
Se rió casi directamente, sin esperar. Me estaba cabreando un poco.
- Pues no te ofendas, pero un poco sí. Tú no pareces nada de eso.
Bueno, lo estaba arreglando.
- Hombre, gracias.
- Pero nada. Nada de nada.
Pensé por un momento en el comisario.
- A ver, tengo compañeros que responden un poco a eso que dices. Pero la mayoría son más de mi cuerda, ya.
- Claro, si es un cliché. Somos nosotros, que somos un poco raros. No te lo tomas mal, ¿verdad?
- En absoluto.
Un camarero nos llamó a todos a cenar. La acompañé hasta su mesa y antes de que se sentase le pregunté su nombre y si llevaba tarjeta,
- No, no llevo. Me llamo Cristina, y ya te llamaré yo. Estaré unos días más por aquí. Es decir si puedo llamarte, claro.
¡Qué tímida ni qué hostias!
- Puedes llamarme cuando quieras y para lo que quieras. Si quieres conocer Valladolid te lo enseño en una tarde: pero ha de ser toda la tarde, claro. Y luego te invito a cenar, si se puede, claro.
- Acepto. Te llamo en un par de días.
Muy a pesar mío, ocupé la silla frente al cubierto que, con el nombre del comisario, me recordaba mi condición de pringao que tiene que buscar siempre la suerte allá donde va. A mi lado, el follón de cochino que estaba aposentada, más que sentada, me pasaba tres cuartas gracias al torreón que le había construido en la cabeza su peor enemiga –la peluquera del barrio-. A veces, sin embargo, quiere la suerte que me pase como a los policías de las series norteamericanas: a veces me llaman al móvil para un caso urgente que hay que ir a examinar. Ocurre poco con la oportunidad necesaria: sin embargo, esa vez, después de tener que aguantar un buen rato de hipótesis varias sobre el libro, declaradas todas ellas muy interesantes por el autor para acto seguido mearse encima del propio enunciado, negándola de plano: después de sufrir el desprecio de mi vecina por la inexorable falta de atención que mi propio yo decidió reservarle, por fea, por pepona, por pretenciosa, por si acaso no le interesaba suficiente y decidía finalmente clavarme el tenedor; después de esas penitencias y riesgos, esa vez el teléfono me hizo salir de la sala sin que nadie pensara que soy un maleducado. Marta Lafuente, mi compañera en la mayoría de los casos, me llamaba para darme la dirección de un hotel céntrico, el Juan de Austria. Al parecer un cliente había aparecido muerto en su habitación, destrozada, en la cual había diez cajas de un vino de altísima gama cuyo precio es un disparate de caro.
Me levanté excusándome ante los anfitriones, que, molestos porque alguien atendiera una llamada en pleno coloquio, se mostraron comprensivos y entusiastas cuando alguien, mientras yo hablaba y tomaba nota, les dijo a todos que era inspector de policía, y que no podía apagar el móvil por cuestiones del servicio.
Al colgar me despedí de todos apresuradamente, pero me acerqué por supuesto a la silla de Cristina, que se levantó para darme dos besos,
- Llámame pasado mañana, que libro. Después de comer, ¿de acuerdo?
- Vale, pasado mañana.
No sé qué pensarían todos en la sala cuando se volvió a sentar: Mira la catalana esta, que viene y pilla a la primera.
Afegeix aquesta Pàgina als teus xarxes socials favorites
( 6 Votes )
| < Anterior | Següent > |
|---|
Darrera actualització de dilluns, 16 de gener de 2012 12:18



