Vino Fantasma 2

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Vino Fantasma: capítulo 2

Clip: http://www.youtube.com/watch?v=xU68TLWikhM. Mad World, Tears for Fears Live. Abrir con botón derecho, Abrir enlace en pestaña nueva.

Vi: Garnatxa de l'any de Priorat o Terra Alta, sense criança.

 

 

2

De camino al hotel puse la luz azul de emergencia, más por el comisario que por mí, porque si el muerto estaba muerto no veía nunca la necesidad de correr tanto, como no fuera para pavonearse ante el respetable por la prioridad exigida.

 

Llegué al hotel acordonado por el efectivo policial: la habitación estaba en el sexto piso. Se trataba de un hotel moderno, incluso algo futurista quizá desde fuera, pero dentro era como todos los demás: algo impersonal, perdido en un estilo entre ecléctico y burgués, comodón pero dispuesto al trabajo, como todos los hombres de negocios que pretendía reunir allí tarde o temprano.

Desde el sexto piso se veía todo Valladolid sur, con la costura con que la vía del tren ha regalado siempre a esta ciudad, y que no hay manera de solucionar ni con el famoso AVE. Marta me esperaba a la puerta de la habitación.

  • ¿Dónde estabas, en Madrid? ¡Llevo media hora esperando para entrar!
  • Pues mira, estaba en ese marrón que te quitaste tú de encima el otro día.
  • ¿Cuál?
  • La cena esa del comisario, un tostón inaguantable. La próxima vez va a tener que ir él, y además solito.

Asomó una cabeza calva pero repeinada del quicio de la puerta, sólo la cabeza, para decir,

  • Seguro que ha aprovechado para intimar un poquito con alguna titi, Moral, que nos conocemos hace tiempo. No se queje tanto, que ya sabemos cómo las gasta –y volvió a esconderse para seguir hablando con alguien de la científica, supuse.

Miré a Marta con mala hostia, podía haberme avisado que estaba dentro. Se encogió de hombros desinteresada, dándome a entender que era mi problema y que no le había dado tiempo. Marta era una especie de virago, una mujer hombruna donde las haya: el pelo corto como muchas lesbianas, poco pecho y no muy alta, parecía una chica cualquiera de ciudad. En cuanto se ponía al trabajo era una máquina de procesar datos. Tampoco era fácil competir con ella en pruebas físicas: su aspecto frágil engañaba a todos. Por su afición al karate y al full-contact, en cuatro o cinco segundos era capaz de darte tres patadas en la nariz sin que hubieras tenido tiempo de reaccionar, de esas en las que lanzan el juanete y repiten el golpe manteniendo la posición y flexionando la pierna desde la rodilla. Una vez detuvo a una pareja de violadores que quisieron acabar la juerga con ella. En un abrir y cerrar de ojos les dio tal somanta de palos que el abogado del par de gilipollas la denunció por cebarse en lugar de sacar el arma para disuadirlos y detenerlos pacíficamente, sin violencia. Vaya par de nenazas, pensamos todos: si una tía de metro sesenta y cuatro te atiza una sarta de hostias sin que tú le toques siquiera, pues te jodes y bailas; pero denunciar porque cuando se me ocurrió violarla se puso a hacer el molinete y me partió todos los huesos del cuerpo, manda huevos, la verdad. A veces hay gente que debería pensar en desaparecer.

El escenario era bastante dantesco. El sujeto estaba tirado boca arriba sobre una mezcla indefinible de sangre y vino tinto, con la boca tapada con una gruesa cinta adhesiva que le rodeaba la cabeza con dos vueltas. Del cuello le asomaba el culo de una botella partida, probablemente lo remataron clavándosela con el pie cuando el individuo estaba ya medio tieso en el suelo. Habría que estudiar si eso era alguna clase de código o bien pura saña. Se oyeron gritos en el hotel, pero la discreción habitual, sumada al hecho de que el cliente en cuestión, Antonio Azpiolea, había pedido que su habitación estuviera lo más apartada posible, daba como resultado un asesinato consumado sin rastro ni señal de los responsables. El resultado, un caso por resolver, de esos que parecía tener implicaciones con alguna clase de mafia dentro de los negocios del vino: me lo hacía suponer esa especie de acto final para acabar con él, quizá un mensaje directo a otros que quisieren proceder como intentaba Azpiolea antes de la visita. El individuo debía haberlo pasado mal. La autopsia diría cuánto, pero tanto las señales claras de que habían utilizado un puño de hierro, como eso de clavarle con el pie la parte inferior de la botella en el cuello con un pisotón, mientras el tipo estaba tirado por la paliza que le habían dado antes, eran métodos dignos del padrino. También lo habían regado con vino del que tenía allí, al menos dos botellas por encima, para rematar la faena.

La habitación era casi en toda su extensión un charco cárdeno, que empapaba la alfombra al pie de la cama. Todo indicaba que la paliza se la habían dado al menos dos individuos en el baño, mientras el tercero inspeccionaba un portátil que después había machacado contra el mármol de la mesa de noche, y después registraba todos los cajones en busca de más información. De momento todas las sospechas acerca del móvil caían sobre ese vino carísimo que acumulaba Azpiolea en la habitación, que contando las rotas totalizaba 108 botellas de Pencus, uno de los vinos más exclusivos de España. En ese momento lo cargaban para llevarlo a comisaría: seguro que nos daba la clave del asunto, pero habría que esperar.

Marta se empleó a fondo en el examen del escenario. Obtuvo huellas recientes y abundantes de tres individuos que habría que examinar, más las que suponíamos eran del muerto. El ordenador se llevó a la sección informática para conectar el disco duro a otra unidad, con el propósito de escudriñar entre mails y archivos las posibles pistas.

Si he de serles sinceros, Valladolid es una ciudad relativamente tranquila: estábamos todos, incluido el comisario, algo sobrepasados por esa violencia un poco obscena, de corte mafioso, que no acostumbrábamos a ver. Daba algo de miedo enfrentarse a esta gentuza, y no lo digo por simpatía con el muerto porque no es el caso antes de determinar su responsabilidad. Eso no quita que el pobre hombre hubiera muerto mal, muy mal. Vaya cabronada. Estos procedimientos dejaban claro que era uno de esos casos en los cuales hay que pensar, antes que con cualquier otra cosa, con el arma, en el caso de hallar a los culpables y tener que detenerlos.

Terminado el examen del escenario, Marta se quitó los guantes, la mascarilla y las bolsas para los zapatos, y nos explicó al comisario y a mí sus conclusiones:

  • Esto es gordo.
  • Eso ya lo vemos, Lafuente, eso ya lo vemos. Esperaba más de usted.

El comisario también estaba acojonado. Pero ni así perdía la ocasión para hacer un poco de jefe gilipollas. Era buen hombre, pero a veces se le iba la olla con esas memeces.

  • ¡Hombre, jefe, sólo lo estaba introduciendo!
  • Siga, siga.
  • Mi opinión es que Azpiolea trapicheaba con botellas caras arriba y abajo. Lo más probable es que fuera por cuenta de alguna organización, y que haya querido hacerles el salto o dejarlo. O eso o alguien está queriendo acabar con el tráfico paralelo de este tipo de botellas.

Coincidía con ambas posibilidades. Me limité a hacer un apunte de aficionado.

  • Éste es uno de los vinos más caros de España. De modo que lo que dices tiene sentido. Pero más allá de todo lo que has dicho, habrá que averiguar si se trata del vino auténtico o si es otro que utiliza el mismo modelo de botella.

Marta siguió con la argumentación.

  • En ese caso, cambiando etiqueta y cápsula, mientras sea de la misma Denominación de Origen, listo.
  • Bueno, para ir bien, habría que cambiar también el tapón. Tenemos muchas líneas de investigación abiertas, entonces. Comenzando por la propia bodega, el Consejo Regulador, empresas de corcho, imprenta, distribuidores de esta marca, además de lo que nos diga el disco duro del ordenador. Probablemente, si se complica, habrá que hacer una prospección de estas botellas en el mercado, tienda por tienda, apuntando los números de lote para cotejarlos con bodega y con el consejo regulador. Hay un montón de trabajo.

A Marta le salió una vena sensible de golpe, casi para grabarla y pasársela una semana después.

  • Da un poco de grima este modus operandi. Pobre tío, cómo se lo han cargado, vaya manera de morir.

El jefe estaba hoy de moralina, con la batallita siempre en la punta de la lengua. Arengando a la peña para que estuviera preparada para lo peor, en beneficio del servicio. A veces era de lo más pesado.

  • Lafuente, hemos de estar preparados para esto y para más. Por lo que dice Moral, puede ser incluso que esto tenga poco que ver con Valladolid. Lo que ocurre es que este caso nos corresponde exclusivamente a nosotros, y por lo tanto, los dos se van a encargar de seguir la investigación. Me temo que esto va a necesitar más de un viaje; pediré un presupuesto especial para esta operación, y colaboración a central en cualquier ramificación de cualquier ciudad de España en la que haya que hacer un seguimiento. Espero que tengan claro que no lo van a llevar todo ustedes.
  • ¡Hombre, jefe, cuando se resuelva espero que vaya a parar a nuestro historial!
  • Con lo bien que vive usted tirándose a medio Valladolid, ahora resultará que quiere medrar en el cuerpo. ¿Ha visto, Lafuente, el pichabrava este, con lo que sale ahora?
  • Bueno, jefe, en este caso estoy de acuerdo con él. Para una vez que no piensa con el rabo…

Vaya con la tortillera. A veces era de lo más previsible, le salía el odio hacia todo lo que colgaba de un cuerpo a la primera de cambio. Me abstuve de intervenir.

  • Su nombre constará: serán los inspectores instructores del caso y los responsables de la investigación. Pero por razones obvias, si el desenlace corresponde a otra zona, sólo puedo solicitar que se les avise con la antelación suficiente para que asistan. ¿De acuerdo?
  • De acuerdo, jefe.

Los dos respondimos a la vez. Era un desafío profesional, una prueba ante la que no queríamos fallar de ninguna manera; en mi caso no era por medrar, sino quizá por el reto en sí mismo, que nos sacaba de una rutina que sólo se rompía a veces. Acompañé al comisario a la puerta del ascensor, y mientras llegaba me dijo:

  • ¡Ah, Moral! esta vez quiero soluciones. No quiero una novelita de tres al cuarto encima de mi mesa, ¿comprende? Ya tuve bastante con lo de la otra vez. Además escribe usted que da pena, coño.
  • Bueno, pero le gustó un poquito, sólo un poquito.

Se le escapó una sonrisilla sin querer.

  • Entre nosotros, lo de la Rosario esa, ¿era verdad o se lo inventó?
  • Era verdad, jefe. Todo lo que escribí era verdad.
  • ¡No me joda! ¿Y cuando se corría gritaba eso de quemevienequemeviene?
  • Como lo oye.
  • Joder, esto en mis tiempos de inspector no pasaba. Bueno, Moral, hasta luego. Manténganme informado de cualquier novedad.
  • Como siempre, no se preocupe. Ahora llamo a la prensa para que lo cubra, sin nombres ni detalles. Como siempre, Norte de Castilla, si le parece bien. Mejor en local y que luego los demás pregunten.

De acuerdo, Moral, de acuerdo. Pero controle lo que les dice.



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Darrera actualització de divendres, 20 de gener de 2012 12:44

 

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