Vino Fantasma - Capítulo 3
Clip: Sheryl Crow, All I wanna do is have some fun, Live. http://www.youtube.com/watch?v=lphB-z6AuL0
Vino: Vermut rojo reserva.
3
A la mañana siguiente puse en el coche una caja de las que encontramos junto al cuerpo de Azpiolea y tomé la carretera de Aranda para desviarme a medio camino hacia Roa de Duero. Llevaba las seis botellas que contenía la caja y el listado con la numeración exacta de los sellos de las 108 botellas, incluidas las rotas, para cotejarla con la serie emitida para la añada a la que pertenecía el vino, la 2002. Se nos planteó la duda también de si se trataba de la misma añada, ya que el sello de la Denominación corresponde al año con la que el vino sale al mercado, y no a la cosecha de la que procede la uva. De modo que habría que cotejar esa información con cualquier añada que tuvieran en el registro informático. También me disponía a determinar si el sello de la Denominación, que algunos llaman cintillo (vaya nombre cursi donde los haya) podía haber sido falsificado, cosa que me dirían allí o en la imprenta donde los encargaban.
Si conseguíamos poner toda esa información que estaba buscando ahora encima de la mesa, Marta podría comenzar a establecer hipótesis de trabajo sobre las cuales avanzar. Después de una discusión sobre mis comentarios acerca de mi herramienta, habíamos decidido de mutuo acuerdo esa distribución de las tareas, ya que a ella no se le daba bien relacionarse con otra gente del cuerpo. Había que entenderla, porque a veces era rarita, mi niña.
Desde luego el crecimiento de la zona como productora de vinos en los últimos 20 años había sido espectacular, y se notaba mucho en las bodegas y sobre todo en el edificio de la Denominación de Origen: aunque ahora parecía que muchas bodegas estaban en venta por ser escaparates de la fortuna de muchos, obtenida a base de pelotazos en promociones inmobiliarias que ya no servían como fuente de ingresos. Al parecer, según algunos amigos que he consultado en Valladolid, producir un buen vino es lo de menos, casi, para hacer una bodega rentable. Yo creía que era básico, pero más de uno me ha dicho que sólo es imprescindible. No quiere decir que por ser bueno lo vendas todo, vaya. El caso es que entras en un mercado muy concurrido, en el cual tu argumento se diluye mucho, y más aún si requiere mucha sensibilidad por parte del cliente. De ahí que tantos se centraran en un vino de consumo, para luego querer obtener el prestigio con menos riesgo a base de cortas tiradas de gamas altas. Así que rentabilizar una inversión en una bodega se había convertido en los últimos años en una cuestión de estrategia y marketing. Para muchos también era bidireccional: la bodega les servía para cerrar tratos, hacer negocios de toda clase dejando acojonados a todos aquellos a los que visitaban. Encargaban un vino de gama alta que probablemente se beberían ellos con sus amigos, socios o amantes, para confiar en que un distribuidor les vendiera en todas partes el resto de su producto; ese vino que el mundo no tenía aún y que no sabía que esperaba, o que debía esperar, porque de lo contrario le faltaba algo. Más o menos así me habían hablado del crecimiento de la DO Ribera del Duero, que había doblado el número de bodegas inscritas en menos de diez años.
En palabras de algún purista que me había tropezado una vez, hablando de vino, la Ribera del Duero había sido el refugio campestre de los nuevos ricos de la construcción madrileña, o del fútbol, o del cine, o de la música, o de tantos otros campos que en plena bonanza invirtieron parte de su patrimonio en un proyecto vinícola en esta zona. Ahora, si malvendían perdiendo sólo la mitad de lo invertido se daban ya con un canto en los dientes. No era exclusivo de esta zona, pero sí se daba más aquí que en la Rioja, por ejemplo.
Pencus era una de los casos más descarados de este tipo de negocio pelotazo; no porque el capital del tocho estuviera detrás, que no era el caso, sino por utilizar un fenómeno casual para inflar el precio al máximo. Parece ser que un enólogo alemán de nombre difícil, Magnus Schwannderbar, se había enamorado de la tinta fina de la zona de Valladolid. Como procedía de buena familia, pidió parte de su herencia para invertirla toda en la compra de una pequeña finca repleta de viñas viejas de tinto fino, poca extensión, pero mucha calidad. Había aprendido a trabajar esta variedad en otra reputada bodega de la zona, y se dedicó a inaugurar ese concepto de lo que se ha llamado después “vino de garaje”, ni más ni menos porque lo elaboraba en un garaje. Lo que era algo que a priori había que esconder se convirtió en un argumento, cuando el primer envío a Estados Unidos, con el precio ajustado aún, desapareció en aduanas sin dejar rastro, dejando al distribuidor americano sin suministro. El mito se empezó a forjar allí, todo un año esperando la siguiente cosecha, y Schwannderbar tuvo la suerte de que la siguiente añada era la mejor de los últimos diez años. El propio distribuidor le dijo que la demanda se había disparado y que el precio se podía multiplicar por diez, tanto en origen como en destino; y Schwannderbar aprovechó para ganar tanto como fuera posible. No era muy buen administrador, y la verdad es que se gastaba cuanto podía en restaurantes, fiestas, en todo lo que todo eso conlleva, y finalmente también en vino. Se codeaba con los mejores en todas partes; asesoraba más bodegas no sólo en la misma zona, y entre una cosa y la otra había ganado una montaña de dinero.
Pensando en todo este mejunje, llegué al consejo regulador. Allí me esperaba una morenaza esbelta y bien vestida con un traje chaqueta azul oscuro y camisa blanca, zapato negro de tacón no demasiado alto, y medias negras algo tupidas para la temporada. Un conjunto nada sexy, pero resultón en esa percha tan profesional. Gafas de concha, pequeñas y coquetas, una cola larga que retenía un cabello brillante y liso, casi negro, los ojos exageradamente azules, tanto que pensé que quizá fueran lentillas coloreadas; pero no parecía posible, era una mujer muy seria y poco sonriente, al menos a priori. Alguien que se compra lentillas de color azul está claro que coquetea, y ella no estaba dispuesta a hacerlo. Se llamaba Fuensanta Sastre. Pobrecita, su madre no tuvo piedad de ella a la hora de escoger el nombre. Me tendió una mano que buscaba poco contacto, sólo los dedos, que tomaron mi palma -yo nunca doy los dedos, doy toda la mano de manera franca y directa- con la determinación previa de no encajar. Sólo los ojos me intrigaban: el resto era un témpano de hielo.
Fuensanta se encargaba de la administración. La verdad, y ustedes coincidirán conmigo, que el nombre tiraba para atrás. No les voy a negar que me imaginé a mí mismo asistiendo a un orgasmo de la susodicha, como suelo hacer con las mujeres que no me resultan indiferentes. Luego está la otra categoría, las que superan la prueba; y dentro de éstas, las que me motivan para intentar contrastar la imagen que me haya formado de ellas ahí, montando a caballo, al galope, desbocadas. Finalmente, como sospechan, se forman tres listas: la de las que confirman la visión, la de las que la defraudan, y la de las que la superan.
Volviendo a Fuensanta, no me decía nada en ningún sentido. Me la imaginaba suspirando como máximo, no la veía cabalgando, sino en un misionero difícil de consumar, y mi mente la creyó capaz de repetir aquello de quemevienequemevieneee. A otro perro con ese hueso, pensé.
Una vez en su despacho, observé en qué entorno se desarrollaba su actividad dentro del consejo: parecía que se dedicaba a la comunicación externa tanto como a la distribución, recuento y contraste de los cintillos o cintillas, los sellos que certificaban cada vino como amparado por la Denominación de Origen. Fuensanta aparecía formal en todos los retratos, dos de ellos, según veía, visiblemente azarada por la compañía, en uno, de Imanol Arias, y en otro, de Antonio Banderas. Por supuesto, ambos eran socios de bodegas en la zona, y en más de un acto esa chica tímida, seria y distante se los habría encontrado.
- Qué buena compañía en esas fotos, ¿verdad?
- Son encantadores, de verdad. Son gente estupenda.
¿Qué me dirías si fueran lo contrario?,pensé. Incluso estuve a punto de soltarlo, pero creí que no sería nada positivo.
- Hombre, la verdad es que un famoso se meta a hacer vino sólo con dinero es algo que no entiendo muy bien. Pero si a ellos les gusta…
- Hay mucha gente que les critica. Yo creo que aportan mucho a una zona. Desde mi punto de vista, le dan notoriedad a esta DO. Fíjese, Serrat tiene una bodega en el Priorato, por ejemplo.
- Entiendo. Supongo que los puristas opinan distinto. En fin, si le parece vamos con la numeración.
Había traído la caja de madera donde había seis botellas de Pencus. La abrí para sacar una al azar y Fuensanta la examinó detenidamente.
- A simple vista parece buena. El cintillo no es falso, eso ya se lo puedo asegurar. Queda saber si corresponde a la bodega o no.
- Tiene usted aquí la base de datos, supongo.
- Sólo tengo que introducir este número. La numeración nunca se repite, y corresponde siempre a la añada en que la botella sale al mercado, sin importar la cosecha de la que proceda el vino que contiene la botella.
Abrió una pantalla que giró previamente para que yo viera al mismo tiempo que ella el resultado. Introdujo el número en el ordenador y apareció un nombre que no era Pencus: Bodega Camilo Romero, propiedad de Camilo Romero, en Pedrosa de Duero.
- Camilo Romero… Pues se trata de una falsificación, o mejor dicho, de una suplantación. La cuestión es que nadie nunca comprueba esta numeración en ningún vino, o muy pocas veces se hace. Por eso Vega Sicilia, por ejemplo, encarga sus botellas en moldes especiales que esculpen su nombre en la pared de la botella. Así, si alguien quisiera falsificar una partida de Vega, por lo menos ha de comprar las botellas y tomarse el trabajo de rellenarlas. En este caso lo que han hecho es desnudar la botella, probablemente cambiar el corcho, y ponerle la etiqueta original de Pencus. Como se trata de un vino que no lleva contraetiqueta de ninguna clase, sólo se trata de buscar una marca que elabore buen vino, vigilando que coloque el cintillo en el mismo lugar que el original. Corresponde al vino de gama alta, Camilo Romero Selección Especial Viñas Viejas, un gran vino. Sabían lo que compraban, porque ahora todos han encontrado viñas viejas, pero no todos las tienen ni todos los que las tienen las trabajan bien.
Después de esa lección magistral no sabía demasiado qué decir. Fuensanta estaba preparando toda la documentación relativa al cintillo, imprimiéndola para que me la pudiera llevar. Una máquina.
- La felicito por la eficiencia. Estoy impresionado. La verdad.
- No he hecho nada, son los datos que tiene el ordenador.
- ¿Le parece si contrastamos con otro cintillo?
- Desde luego. Pero le avanzo que será la misma marca y la misma añada. No se habrán complicado más la vida, porque necesitan un vino que use la misma botella y que además pueda dar el corte de calidad necesario para no despertar demasiadas sospechas.
- Supongo que este tipo de operaciones se hace sólo si se tiene un paleto a tiro a quien timar…
- En efecto. Pero normalmente son más burdas. ¿Podemos destapar la botella para averiguar si han sustituido el corcho o se trata del original?
- Por supuesto, adelante.
- Me inclino a pensar que el tapón no tiene ninguna marca, ahora lo verá.
Descorchó la botella con un artilugio que sólo hacía un orificio limpio, continuo, que atravesaba el corcho completamente. Una vez la punta de esa aguja estuvo en el interior de la botella, en la cámara de aire entre el vino y el corcho, inyectó aire con el émbolo que llevaba incorporado el aparato y el tapón fue subiendo limpiamente, inmaculado. No lo había visto nunca.
- Pues no. Es el tapón original. O bien una imitación encargada a una empresa corchera: que puede que esté en el ajo o no, pero que le debería decir quién lo ha encargado. Parece que no tiene marca del fabricante, probablemente porque no forma parte de las partidas para la bodega; debe hablar con Magnus Schwannderbar para que le diga dónde encarga sus tapones. ¿Ve usted? Esto le demuestra para qué servimos las Denominaciones de Origen, por si acaso tenía duda.
- Hombre, no tenía ninguna. Pero ahora que lo dice, para el mercado ustedes son entonces la garantía de que se puede comprobar la autenticidad del producto.
- Perdone, pero lo que sí comprueba usted es que si tiene el cintillo pertenece a la Denominación. Otra cosa es que sea el vino que dice ser: pero no nos corresponde regular esas anomalías, que obviamente son un delito que cualquier delincuente puede cometer. Eso les compete a ustedes, me imagino.
Gol por la escuadra. La nena valía, pero atacaba antes de que lo hubiera hecho el contrario. Algo le pasaba.
- Yo no he dicho nada de la Denominación, sino del cliente que no venga a comprobar la autenticidad del cintillo. El resto lo ha dicho todo usted. Pero la entiendo, deben estar siempre en boca de otros. A nosotros, como ha podido comprobar por usted misma, nos pasa lo mismo.
Azorada por la respuesta, se ruborizó apartando la vista de la mía. A esta niña le había dejado el novio, estaba claro. Estaba algo rellenita, pero si la había dejado por eso era un soplapollas. No, no piensen que estaba gorda, no es eso. Estaba completa: eso es. Quiero decir que dentro del margen que un fabricante da a una talla 44, ella estaba en ese grupo de mujeres que llenan las camisas, las faldas y las chaquetas con rotundidad. Pero le sentaba mejor esa talla que la siguiente, a pesar de que ella quisiera ocultarlo eligiendo cortes rectos y desdibujados. Se le adivinaba un cuerpo al borde de esa decisión fatídica en la vida de toda mujer que tenga una tendencia a la molicie: seguir en una contención constante para no ajamonarse, o bien vivir y dejarse llevar por su genética más bien exuberante, para acabar siendo una gordita lustrosa y apetecible, llena de formas y curvas agradables, maternal y quizá algo atávica para cualquier hombre, y cuyo repaso podía ser toda una experiencia. La Madre Tierra, vamos, pero con unos preciosos ojos que, ahora que los había visto mejor, tenían un encantador punto verdoso.
Fuensanta bajó la vista e introdujo en el programa el número de la segunda botella. Tienen razón cuando piensan que soy un poco cabrón a veces; pero no hay que ir por lana si uno no quiere salir trasquilado.
- Es de la misma serie, y de la misma añada. ¿Quiere pasarme otra?
- Ya que estamos…
Seria y ceñuda, quería acabar la visita cuanto antes. Un poco gilipollas, la tía: tiró un passing shot de puta madre, se lo devolví de volea, como estaba gordita no llegó a la dejada, y se cabreó como una mona.
- Lo mismo. Tiene que hablar con la bodega, ya le he imprimido la información, ahora se la doy para que no tenga que buscarla.
Se levantó hasta la impresora para recoger los folios que había imprimido. Grapó entonces su tarjeta al papel con membrete de la Denominación en el que me entregó la información. Si les digo la verdad, tenía ganas de salir de allí y olvidarme de ella, cuando de pronto se soltó.
- Le ruego me disculpe. Es que estoy en pleno proceso de separación, con abogados y todas esas cosas, y además de mal rollo. Y creo que estoy a la defensiva demasiado a menudo.
¿Qué les había dicho yo? ¿Lo ven como soy bueno con estas cosas?
- Bueno, no se preocupe, no importa. A mí me atacan tan constantemente que ya ni me defiendo, y cuando lo hago intento ser muy sutil.
Ya ven que estaba exagerando, claro. Pero seguro que a ustedes no se les confiesa nadie así al cabo de tan poco. Veía cierto peligro, pero es que Virtudes, mi compañera inseparable, me estaba indicando cierto morbo que esperaba pasajero: levantaba el morrito ante la posibilidad de una tarde agradable con Fuensanta. Sin embargo esta vez mandaba yo. Esa volubilidad clásica en las decisiones de los hombres respecto al sexo esporádico ya se imaginan ustedes de dónde sale: ahora no, ahora sí… A veces daban ganas de hacerse monje, aunque a la vista está que son iguales o peores que los demás mortales.
- Ya lo he visto. Le he grapado mi tarjeta por si necesita cualquier cosa. Tiene ahí el teléfono directo de mi oficina y mi móvil de trabajo.
- ¿Y no lo apaga nunca?
- No. De hecho no tengo otro.
- De acuerdo, le llamaré si necesito más información. Le dejo la lista con la numeración de todos los cintillos, y además las botellas para que analicen el vino por si acaso coincide con algún muestreo previo de la marca que me ha mencionado. La próxima vez, cuando la llame, como no se tratará más que de información general de su propia cosecha, creo que la invitaré a comer para agradecerle la colaboración, si no le importa.
Otra vez ruborizada. Joder, la nena lo estaba pasando mal con su marido. Me miró con esos ojos azules, o verdes, que parecía que me estaban atravesando hasta el cerebelo, y me dijo simplemente,
- Me encantará que lo haga.
Venga, ya era hora, joder. Un poco de relax, más vale tarde que nunca. Para que nadie piense mal les diré que Virtudes ya se había calmado, entre la mirada directa y sorprendente de esos ojazos algo desamparados, vulnerables y espectaculares, y la amenaza de mi imperativo categórico, que aunque no siempre, suele resultarle convincente. En otra ocasión les revelaré el método. Mejor pensado, para qué esperar; visualicen cualquier clase de impreso de hacienda y se acabó el problema.
Me acompañó hasta la puerta y me despidió allí, no sin que le diera mi tarjeta, y esta vez mediando dos besos que yo le obligué a darme, haciendo caso omiso de su mano formal y distante.
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Darrera actualització de divendres, 27 de gener de 2012 21:09



