Presumir de vino

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Presumir de vino

 

Historias de Terror. Director Roger Corman, 1962. Vincent Price, Peter Lorre.

 

De estas tomas hace 48 años. La versión doblada al español no acusa a Fortunato de “impostor”, sino que lo tilda de “presuntuoso”, más exacto a mi modo de ver. Presuntuoso porque presume de vino, vive del hecho de presumir de vino, lo explota.

Hay que decir que el cuento que da origen a esta parte de la película es El Gato Negro, uno de los más famosos de Edgar Allan Poe, y que en su argumento original no hay ni la sombra de una botella. Si Corman hubiera querido basarse en un cuento de terror de Poe sobre vino, le habría bastado con adaptar El Tonel de Amontillado, que además protagonizan Montrésor y Fortunato, y listos. Pero no le servía, porque quería introducir un personaje contemporáneo y bipolar que lleva un par de siglos dando vueltas; el experto en vino.

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En realidad es una especie que ha cambiado poco. Ahora han actualizado las formas, prescindiendo de la vela, de las puñetas, de la levita y de la concha (aunque no todos): pero en esencia no ha cambiado nada. Lo único, una crítica muy anglosajona al primer vino: “Quite tastable”. Se podría traducir por no está mal, o mejor, “aceptable”. No es mucho para un vino, acostumbrados como están los bodegueros al trato preferente por parte de sommeliers y críticos en este país: o en su defecto, a la ausencia de comentario alguno. Pero se trata de un inglés, y allí el prurito profesional va por delante de las relaciones: un crítico allí no pierde amigos por decir lo que piensa.

Yo he visto entrenar la boca como hace Fortunato; he visto también definir un vino con una poesía interminable, con una labia pedante y pelotillera por la cual se cobraba: cada vez que lo he visto, más que un sommelier, el que hablaba parecía un trovador de la Edad Media, un vate pagado para la ocasión, que agasaja a dueños e impresiona a invitados, que vive de alimentar egos, y al que habría que aplicarle esa memorable frase de Giacopo Belbo al final del Pendulo de Foucault: “Ma gavte la nata”, quítate el tapón, en alusión a lo hinchado que está de tanta autoestima.

Entre los profesionales triunfa Fortunato. Siento decirlo, pero muchos serían fans de este petimetre felón, que engaña a su amigo, a su colega en el vino, por las dos tetas de su mujer pocas escenas después. Entre los profesionales del mundo del vino, tan bien retratados por Vincent Price en esta cinta, manda el imperativo constante de presumir de vino, antes que aportar nada a ningún debate que sirva para avanzar. El mundo del vino se mira el ombligo desde hace años, dando la espalda a Montrésor, su mejor cliente, su tesoro, que no por borracho es menos conocedor que el otro, que no por borracho pierde su valor. El mundo del vino se apresura a complicar el acceso con esas maneras y ese ritual que Montrésor ignora por completo, llegando al meollo por otro camino.

 

Por eso el catador catalán, actualmente, no aporta mucho a la discusión sobre el futuro del vino catalán, porque eso le compromete: no aporta nada para que se venda más vino del que se vende, porque quiere acaparar el canal aún cuando sabe que las ventas actuales no son suficientes. ¿Por qué si no tanto desprecio de los sommeliers por los vinos de las grandes superficies y los supermercados?

Está claro que no controlan ese canal. Pero se hace necesario, por la supervivencia del territorio, para que no se arranque más viña, para que no cierren empresas, complementar las ventas con canales más eficaces. Enseñar uno a uno a cada cliente a coger correctamente la copa, a entrenar la boca, a “aspirar después para que suelte el arooooma”, como dice Fortunato, no es otra cosa que prolongar la agonía. Declarada insuficiente la vía de comunicación, debemos buscar otros medios para llegar al público con éxito de una vez por todas.

Para ello habrá que analizar qué ha hecho Fortunato para limitar tanto su acción, y no repetirlo después. Fortunato, ante todo, quiere presumir de vino. Vende a su cliente que debe presumir de vino. Y aunque no lo haga consciente ni voluntariamente, le vende que el vino sirve para eso, para presumir. ¿Qué vende Fortunato? Petulancia, después vino. Pedantería, después vino. La información puede ser obtenida poco más o menos como hacía un tío abuelo mío, embajador franquista para más señas, que opinaba sobre cualquier obra de música clásica con la fluidez de un melómano consumado; pero cuando se iba, si cogías el texto de la contracubierta, era punto por punto lo que acababas de escuchar.

El olor del dinero modifica el discurso de todos, determina actitudes, concentra un enjambre de abejas revoloteando en torno a la pasta. Al servicio del dinero en todas partes y en todas las épocas aparecen argumentos ambiguos que, como siempre, esconden propósitos interesados, basados en una incoherencia evidente, anticartesiana, directamente semántica. Construida a base de sofismas baratos de tres al cuarto, la historia reciente del vino catalán nos habla de muchos Montrésor que no han visto la luz, y de muchos Fortunatos a quien se ha dado pábulo a pesar de su mediocridad flagrante, sólo por ser vos quien sois, sólo por cuestiones ajenas al puro asunto del vino, o quizá por su constante y entusiasta complacencia con todo lo que cata o visita.

Desde hace tres años, entre todos aquellos profesionales que callaron su opinión por no comprometerse, muchos nos han demostrado que lo hacían sólo mientras esperaban en el burladero a ver si el toro se calmaba. Hemos abierto camino, y cuando ya estaba despejado y limpio, cuando ya se ve el final, sólo entonces, acogen el discurso ajeno como si fuera propio. Mientras, el debate no se ha podido enriquecer con sus catas, con sus opiniones, con su experiencia, por miedo a defenestrarse con la opción equivocada: esta actitud una y otra vez reduce los argumentos expuestos a la mitad, sólo a lo bueno, nunca a lo malo; y con la mitad de la información nunca se avanza. Se necesita toda, sólida y coherente desde el primer momento, concreta y ponderada, contrastada a base de la experiencia personal, para que los cambios se plasmen en la medida justa que el entorno determina. Se necesita compromiso: es lo que exige el impasse comercial de las variedades foráneas, la pujanza de las autóctonas, la urgente reclasificación de los vinos catalanes, todos sin excepción.

Pero debe quedar claro que esconderse ahora significa no salir corriendo para estar en la foto en el último momento.

Este fragmento define, concreta infinitamente la actitud de ambos ante el vino. Siempre me ha gustado este fragmento, porque ambos son increíblemente representativos. Por supuesto, sólo en lo que respecta al vino, yo estoy con Montrésor, aunque escupo siempre cuando cato. Y es que el resto de la película lo retrata como un déspota con su mujer, a quien además asesina y empareda junto a Fortunato. Pero eso pasa después: hay muchas películas en las que yo estoy con el malo, como en las brutales novelas negras de Carlos Pérez Merinero que nunca más he vuelto a encontrar. 



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Darrera actualització de divendres, 15 d'octubre de 2010 19:07

 

Comentaris  

 
0 #1 Francesc Lluis Flores López 15-11-2010 15:51
Magnífic Peter Lorre, que també aparegué a la versió d'altre conte d'Allan Poe, El corb, que va fer el mateix Corman
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