Hacia el realismo

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La viticultura histórica de las viñas de uva blanca para cava se ha extendido a cualquier viña catalana, salvo excepciones de las cuales se considere su calidad por la razón oportuna en cada caso. Se reclama para solucionar esta situación un aumento del precio de la uva, que si somos realistas, nunca llegará desde la voluntad de los grandes compradores. En consecuencia, la aplicación de la tarjeta vinícola catalana aún no es total: las Denominaciones que se pueden superponer en una misma hectárea no pueden cruzar datos sobre la cosecha, en un ejercicio íntegro, quizás, de la responsabilidad que comporta la viabilidad de las explotaciones y la supervivencia del pagès como tal. 

Y por tanto, al margen de las excepciones, tanto la viña para vino blanco o cava como la viña para tinto en Cataluña sufren de un escenario básico que no contempla criterios de calidad como primer objetivo. Es evidente que compartimos esta realidad con otras zonas, pero con diferencias importantes:

 

La primera: si hablamos de vino tinto, las variedades mayoritarias en régimen de sobreexplotación (más de 6000 kg/ha) desarrollan cierto tipo de sustancias en exceso: en cualquier lugar del mundo vinícola las aromas resultantes de estas sustancias son consideradas defectos. Si el kilo de uva de estas variedades se paga en Cataluña a un precio medio de 0,25€, el pagès tendrá que hacer tanta uva como sea posible para venderla donde sea, con el único objetivo de que le sea rentable la explotación: y la calidad será consecuentemente baja.

La segunda: las variedades que sí aceptan esta sobreexplotación son las autóctonas. Elaborados con más o menos fortuna, los vinos sencillos y de consumo del sur catalán y de la zona del Empordà no sufren, en todo caso, defectos sistemáticos y comunes, identificables como tendencia reconocible en todos los vinos hechos de esas variedades. No se trata de que uno a uno sean mejores o peores, cosa que es opinable, sino de que no presentan defectos comunes entre ellos.

 

 

Cualquier reivindicación o esfuerzo para que suba el precio de la uva en este contexto es poco o nada realista: El mundo del vino no tiene capacidad para modificar las relaciones económicas generales entre productores y elaboradores, ya que sobrepasan su capacidad de acción, ya que pertenecen al ámbito social y económico, que son mucho más grandes y más complejos. Son circunstancias, además, que comparte con el resto del campo catalán y de todas partes.

Si lo que se quiere hacer es solucionar el problema de la calidad del vino, lo que sí está dentro de la capacidad de acción propia es cambiar las variedades foráneas dedicadas a hacer este tipo de vinos económicos, por otras autóctonas mejor adaptadas que no desarrollen estos defectos clásicos de estas variedades, que se convierten en comunes y endémicos en un número importante de vinos de consumo catalanes.

 

 

 

 

 

 

Este proceso ha comenzado desde hace unos cuantos años, aunque aún no tiene suficiente fuerza en algunas zonas donde la presencia de uva tinta de origen foráneo es invasiva: y por tanto hay que potenciarlo. Parece desde luego  la solución más rápida, más consecuente y más factible entre las posibilidades de acción de este mundo pequeño y débil por la atomización de criterios e intereses. Y puede que la más realista mirando hacia el futuro, pensando en abrir mercado tanto en el interior de Cataluña y España como en el resto del mundo.




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Darrera actualització de dijous, 31 de març de 2011 18:24

 

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