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Ese hábito de muchos restauradores de incluir el vino en el menú al mismo nivel que el agua, la cocacola o la cerveza, ¿no os da mala espina? ¿tiricia? ¿repelús? Porque al precio que trabajan, vino es para ellos una especie de brebaje infecto, color granate, cuyo precio no supera ni tan sólo el de la servilleta de papel que acompaña el cubierto. |
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Antes de que nosotros aceptemos el trato deberían decirnos qué vino es, de qué uva, si la botella es original o rellenada desde bag in box o garrafa (muchos son incluso mejores en este formato), para que no optemos directamente por la cerveza o el agua. No hay que dejarse amedrentar por frases como "¿y qué quiere por lo que paga?", porque el mercado está lleno de productos dignos para todos los tramos de menú; ya sea vía promociones (siempre hay una) o precio directo. Sólo hay que tomarse la molestia de escuchar a los proveedores.
Lo que sí es imprescindible es que si el vino de la casa que te han impuesto es excesivamente ácido, amargo, si está caliente, si te arde el estómago cuando el líquido aterriza, si la garganta se te irrita a su paso, y si, en definitiva, te va a dar la tarde o te va a estropear la noche, pues lo devuelves.
Es fácil: "¿me disculpa? Llévese esto y tráigame agua. Y no te importe que se enfaden. Se lo han buscado y ya se les pasará.
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Darrera actualització de dimarts, 9 de març de 2010 13:36





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